Por un lado hay el valor espacial del edificio, y su polivalencia y valor para el presente. Se trata de espacios generosos, diáfanos y muy estructurados, de un alto rigor compositivo por su sencillez maquinista y seriada. Son espacios muy polivalentes, fácilmente reutilizables para múltiples actividades, y muy adecuados para espacios de creación dada su altura.
Por otro lado hay el valor de la memoria a un sistema de trabajo que ya no nos es tan cercano, que es el origen del crecimiento de un barrio como Santo Andreu y que ha definido la historia de su siglo XX, con el que se pueden identificar muchos familiares de trabajadores de este recinto. Esta memoria se manifiesta en la ordenación de los espacios, en las proporciones, en los accesos y en los elementos más simbólicos como las chimeneas. Pero también en los rastros dejados en las paredes, en los elementos colgados, los conductos que transportaban líquidos o cableados, etc, que son los que dan intensidad al que vemos, y nos remiten en todas las manos que han trabajado. Más que reformar el edificio, se trata de dotar de un nuevo uso el que nos ha llegado. En la integración entre la personalidad del edificio y el nuevo uso radicará su singularidad.



